
El río interior
Por María Eugenia Eyras
De niños esperamos con naturalidad que nuestros mayores nos señalen el camino. Padres, maestros, cualquiera que represente la autoridad y la sapiencia.
Al llegar a la adolescencia nos rebelamos y los reemplazamos con héroes o ídolos, a veces de nuestra misma edad, de los que también aguardamos la iluminación. Es la época de imitar a los cantantes de rock o a los deportistas sobresalientes o -las almas sensibles- a algún poeta de vanguardia.
Unos años más tarde, en los umbrales de la madurez, seguimos buscando frenéticamente nuevos modelos. Esta vez los encontramos entre los profesores de la universidad, o en algún profesional destacado de la carrera que estamos iniciando, o en alguien que nos parezca más fuerte, seguro de sí mismo, sereno, equilibrado o sabio que los demás.
Pero, en determinado momento de la vida, nos damos cuenta de que nos hemos quedado sin mentores. Los que había han envejecido, nos han desilusionado, o han muerto.
Sobreviene, de repente, un gran vacío. ¿Adónde mirar? ¿A quién tomar como guía o como ejemplo? ¿A quién acudir en busca de consejo y de consuelo?
Es el momento en que se sofoca la creciente sensación de orfandad, de abandono y de angustia con los sustitutos que aparecen en el camino.
Unos se hacen asiduos pacientes del psicoanálisis. Otros tratan de trabajar en algunas de esas grandes empresas paternales y posesivas que más que entidades comerciales parecen gigantescos úteros. Muchos se refugian en los cerrados ambientes de un club exclusivo o de un grupo religioso o de un fervoroso movimiento político. Hay quienes se vuelven hacia los muertos y bucean, en los libros, recuerdos y directivas de los que ya han partido, esas verdades de a puño que no se resignan a dejar de encontrar. Algunos se convierten ellos mismos en mentores y, al mirarse en el reflejo admirativo de los ojos de los jóvenes, creen haber hallado el sentido de la vida.
Todo, con tal de recobrar el sentimiento de protección que teníamos en la infancia, cuando nos dormíamos arropados por la mirada amorosa, vigilante y autoritaria de nuestros padres.
Hasta que no hay más excusas para dilatar el momento tan temido: el de estar frente a uno mismo. Esa persona que está frente a mí, Yo, es la única a la que puedo realmente educar, reformar y guiar.
Asumir la responsabilidad de la propia existencia... ¡Qué susto! ¿Adónde irán a parar las encantadoras palabras de indulgencia que nos habíamos prodigado, las formidables disculpas que nos habíamos inventado?
Es, sin lugar a dudas, una de las experiencias más intensas y estremecedoras por las que pueda pasar el ser humano. Estar solo frente a su alma. Y escuchar su voz (que la tiene) y que algunos llaman 'conciencia'.
Muchos se atemorizan y, con el fin de no oírla, se aturden con el fragor exterior para tropezar una y otra vez con las paredes del laberinto de las opiniones de los otros, que nunca coinciden entre sí.
El que ha conocido una gran pena sabe muy bien que, si ha sobrevivido al dolor, no ha sido gracias a las palabras de consuelo de la gente, perfectamente prescindibles. El verdadero consuelo proviene del interior. De ese caudal de energía que nos recorre por dentro, mansa y calladamente, como un río subterráneo.
Es la fuente que alimenta nuestros motores, que restaura nuestras fuerzas y que nos hace seguir para adelante. Es la esencia misma de nuestro ser y de nuestra identidad, más real e inmutable que la cara que vemos todos los días en el espejo.
Como un gran caballo dócil, el cuerpo le obedece y ambos marchan al tranco, al unísono, cuando están en armonía. Se alimenta, a su vez, no de lo que nos circunda, sino del movimiento del cosmos, con el que está en permanente conexión.
No es fácil descubrirla. Como el que busca oro, el que desee encontrarla deberá armarse de pico y de pala y cavar hacia adentro, hacia lo más íntimo de los jugos vitales, hasta la más medular de las intenciones, hasta alcanzar el meollo de cualquier posible conflicto.
Se pueden acrecentar y potenciar sus aguas hasta convertirlas en las procelosas de un arroyo bravío, si se le quitan las piedras de las vanidades estériles.
Se las puede menguar -y hasta secar- si se elige vivir en el automatismo de los hábitos del rebaño.
Aunque siempre habrá, esperando, un poco de barro húmedo en el fondo del lecho rocoso.
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