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Sucedió en Alejandría
Por María Eugenia Eyras
Había una vez una biblioteca maravillosa. Estaba en Alejandría y fue fundada a orillas del Nilo por Tolomeo 1, rey de Egipto, unos cuatrocientos años antes de la era cristiana. Canten ía todo lo que las mejores mentes de la antigüedad habían reunido hasta ese entonces sobre matemática, física, biología, literatura, astronomía, geografía y medicina. Fue, hasta su destrucción siete siglos después, el cerebro y el corazón del planeta.
La biblioteca, deslumbrante creación para su tiempo, estaba conectada con la universidad y, entre ambas, conformaron lo que podría entenderse como la primera ciudad universitaria del mundo. Por sus espacios deambularon literatos, comediógrafos y lingüistas como Aristófanes y Zenodo; Euclides, el fundador de la geometría, el médico Herófilo, el astrónomo Aristarco, el geógrafo Eratóstenes, físicos como Arquímides y Herón. Allí también funcionaba un centro de copiado y registro de publicaciones que llegó a almacenar en sus anaqueles 500.000 manuscritos hacia el siglo 111 a.C. También contó con una oficina de registro legal de todo texto que llegaba.
El último científico que trabajó en ella fue una mujer, Hipatia,
que era matemática, astrónoma, física y jefa de la escuela neoplatónica de filosofía. Este asombroso manojo de talento e inteligencia poseía además, una gran belleza. Los pretendientes a su mano fueron incontables. Pero Hipatia jamás se casó: había prometido (como habría de hacerla también algún día sor Juana Inés de la Cruz, otra beldad admirablemente lúcida) dedicar su vida al estudio. Y así lo hizo.
En una época en que las mujeres no eran más que objetos de propiedad intercambiables entre los hombres, meras piezas de
. ajedrez, Hipatia fue libre y respetada. Lo que, por supuesto, despertó sospechas y le ganó enemigos. Eran los suyos tiempos difíciles, conflictivos, tensionados entre la muriente civilización clásica y el naciente cristianismo, que proponía valores distintos.
Cirilio, arzobispo de Alejandría, odiaba a Hipatia. Por la amistad que ella mantenía con el gobernador romano y por ser un símbolo de cultura y de ciencia, lo que algunas mentes estrechas de la Iglesia primitiva confundían con paganismo. A pesar del
peligro que corría, Hipatia continuó enseñando y publicando. Hasta que un día del año 415, cuando iba a trabajar a la biblioteca, cayó en manos de una turba fanática.
La bajaron violentamente del carruaje, desgarraron sus vestidos, y armados con filosas conchas marinas, la desollaron viva y le arrancaron la carne de los huesos. Sus restos fueron quemados, sus obras destruidas, su nombre olvidado.
Poco después, ese monumento de la cultura universal que era la biblioteca de Alejandría, comenzó a sufrir el embate de guerreros y emperadores. Los saqueos e incendios la devastaron, por
acción de Julio César y Diocleciano y, por fin, del Califa Omar.
A éste último la leyenda le atribuye las siguientes palabras: "Si lo que estos libros contienen, está en el Corán, los libros sobran. y si lo que contienen, no está en el Corán, mienten" . La biblioteca acabo constituyendo una inmensa hoguera. El célebre dilema de Omar se convirtió, desde entonces y para toda la humanidad, en el paradigma de la intolerancia y el fanatismo religiosos.
La mayor parte del saber que la humanidad tenía hasta ese entonces, los decubrimientos, las ideas, las pasiones, quedaron irrevocablemente destruidos. La pérdida fue (y es) incalculable. Baste saber que de las 123 obras teatrales de Sófocles, el famoso dramaturgo griego, que existían en la biblioteca, tan sólo sobrevivieron 7, entre ellas Edipo rey y Antígona.
Occidente se hundió, entonces, en mil años de tinieblas y de barbarie, hasta Colón y Copérnico.
Autoamputación monstruosa, mutilación del cerebro infligida por la propia mano que los habitantes de este planeta no deberíamos jamás olvidar. Para que ,no vuelva a suceder.
Hace pocas semanas, desde París, llegó la buena nueva: el director general de la Unesco ha anunciado que la biblioteca de
Alejandría será reconstruida en el mismo lugar donde una vez estuviera.
No pude menos que recordar a Hipatia. A esa heroína de la cultura que librara la última, desesperada, solitaria batalla por defender la biblioteca de Alejandría.
Para ella estas líneas de homenaje que le rindo, como mujer y como escritora. |