El viento en el jardín (novela)


Misa roja (novela)


Pasaje de ida (novela)

 

 

El viento en el jardín
CAPÍTULO 1

 

EL ENCUENTRO

Ma jeunesse ne fut qu'un ténebreux orage traversé ça et là par de brillants soleils.

(Charles Baudelaire)

 

El empleado de Correos caminó, sin ningún apuro, las pocas cuadras que distaban hasta la casa de los Arozarena.

A las tres de la tarde, las calles polvorientas de General Ezcurra estaban desiertas. Al parecer, todo el mundo dormía la siesta. Todo el mundo menos él, que marchaba haciendo crujir sus zapatones baratos, la cabeza descubierta bajo el sol calcinante del verano.

Suspiró. Bien sabía que no podía quejarse demasiado. Teniendo, como tenía, un cargo de cierta importancia en la Oficina de Correos y Telégrafos del pueblo, nadie esperaba de él que fuera personalmente a entregar los telegramas. En realidad, la ingrata tarea del reparto de la correspondencia estaba a cargo del mandadero, Oliverio, a quien don Ataliva había colocado allí cuando la madre había quedado viuda.

Pero no todos los días llegaban telegramas a General Ezcurra. Y menos a la casa grande. Podía tratarse de una buena noticia y, de ser así, don Ataliva lo asociaría al hecho de ser portador de esa alegría, lo que, en determinado momento, cristalizaría tal vez en algún tipo de recompensa. Por otra parte, si el mensaje ensombrecía los pensamientos de don Ata, conveniente era también darle importancia al asunto y demostrar, con la presencia, que se lo acompañaba en los momentos bravos y con el debido respeto.

Frente al portón de madera que cerraba el paso a la puerta trasera, se detuvo unos instantes. Dudó antes de oprimir el timbre oxidado que poco se usaba, temeroso de que su campanilleo despertara demasiado bruscamente a los de la casa. Levantó los ojos y recorrió los rincones del jardín en forma de ancha herradura, buscando entre los abigarrados rosales, los macizos de achiras, los ligustros primorosamente recortados, la figura encorvada de don Calixto, el jardinero.

No estaba.

Decidió, con cautela, prescindir del timbrazo y rodeó las habitaciones de servicio hasta golpear las manos frente a la puerta de la cocina. Apareció Irma, la cocinera, que no abandonaba su reino ni para tomar un respiro, apretando contra sus pechos inmensos una fuente de plata a medio lustrar.

- ¿Qué quiere?

- Telegrama para don Ataliva -justificó satisfecho el hombre, mostrando el papelito doblado.

Irma estiró la mano.

- Don Ata está descansando. Déme que se lo alcanzo luego.

El empleado sacudió la cabeza.

- Es un trámite personal. Debo entregarlo en mano -Extrajo del bolsillo del saco el cuaderno de recibos- El destinatario tiene que firmar acá.

La cocinera lo contempló con sorna a través de los párpados entornados.

- Voy a ver si doña Celia está despierta.

Se alejó rumbo al interior de la casa, moviendo mucho las nalgas gordas que aún debajo del uniforme de percal celeste tenían algo de provocativo.

Las chicharras se dejaron oír con estridencia y una de las piñas del pino más alto estalló con un chasquido seco y cayó al suelo, donde rodó hasta el escalón de la galería.

El hombre esperó.

Doña Celia, sentada ante su pequeño escritorio de estilo inglés, escribió con parsimonia,Celia Vicenta Racedo de Arozarena, tratando de que todas las letras le salieran iguales. Apretó el papel secante contra el mugroso cuadernillo del telegrafista y luego, por las dudas, secó otra vez, antes de devolvérselo a Irma.

- Tomá -le dijo- Lleváselo.

Su mano izquierda se había mantenido todo el tiempo crispada sobre los bordes superiores de la bata, como si temiera que éstos se abrieran y la dejaran desnuda.

"Para lo que hay que verů-pensó Irma- Un par de tetas secas y arrugadas."

Sonrió.

"Desde que amamantó a los mellizos que no las muestra en público."

Reflexionó sobre todas las mujeres que habían pasado por la vida de don Ata (incluyendo a ella misma) antes y despuès de su matrimonio con doña Celia. Ninguna como la Polaca, reina absoluta del corazón y los sentidos del amo de Ezcurra, única depositaria tal vez de sus secretos. Lo que le había valido un buen pasar y, desde hacía tres años, la propiedad del Farolito, el mejor prostíbulo del pueblo.

¿Sabría todo esto doña Celia, que no faltaba a misa de siete ni se perdía novena, que era protectora moral y material de la iglesia del Santo Rosario y del asilo de huérfanas regenteado por las Hermanas del Huerto?

Las inquietudes de Irma se detuvieron allí. Sus pocas luces no cuestionaban un orden existente desde tiempos, para ella, inmemoriales. Los hombres, aquí, las mujeres allá. Se habla de una manera, se escribe de otra. Se hace ésto, pero se dice aquello. Todo estaba sobreentendido, todo aceptado.

Doña Celia metió el papel doblado del telegrama en el escote, agitado por su respiración sibilante de asmática.

-Cuando el señor quiera el mate -jadeó- te aviso con dos timbrazos.

Don Ataliva Arozarena, el Tigre de General Ezcurra, despertó de su siesta como le era habitual, sudado y con una saludable erección que se hacía ostensible a través de la sábana delgada. Se rascó la nuca y después la ceja derecha, cerca de la cicatriz que le cruzaba el pómulo.

Llamó a su mujer.

-¡Celia! Preparame el baño. Y avisale a alguna de las chicas que me cebe mate.

Doña Celia salió del cuarto de costura como una flecha. Suspiró mientras llenaba la bañera, con una pena placentera, ofreciendo cada instante al Sagrado Corazón de Jesús.

De pronto recordó el telegrama.

Corrió hacia el dormitorio para enfrentarse al cuerpo desnudo del marido, quien revolvía con desgano uno de los cajoncitos de la cómoda con su sexo todavía excitado a medias.

Apartó púdicamente los ojos.

-Ataliva, hay telegrama para vos. No quise abrirlo.

Él lo leyó con aire imperturbable.

-Es tu hermano -dijo- está muy mal. Quiere que vayamos a Buenos Aires.

La mujer lo miró expectante.

-¿Me llevás?

Don Ata dudó. Sus manos juguetearon con un abrecartas de marfil que imitaba un sable corvo.

-Habrá que pagar sus deudas y cargar con la mocosa. Decile a Calixto que prepare el coche y nos despierte mañana a las seis. De paso, despacharé personalmente la documentación que le debo a Casares, del Banco de la Provincia.

 

 

Cuando murió mi padre, en 1944, acudieron a su lecho de agonizante mi tío don Ataliva Arozarena y Celia Vicenta, su mujer.

Seguramente papá les pidió que se hicieran cargo de mí o tal vez ellos lo decidieron por su cuenta al verme tan desamparada en esa casa de alquiler, olorosa de humedad, cuyo zaguán umbrío se había ido llenando de gente -muchos de ellos correligionarios- a medida de que se corría la voz de que a don Avelino Racedo le habían cerrado los ojos.

Llovía.

Los botines toscos de los socialistas frotaron el piso de baldosas amarillas y negras (que nunca más recuperaron el brillo) mientras desfilaban alrededor del féretro.

Yo estaba escondida entre el mujerío, en uno de los cuartos de atrás, vestida con paños negros que no me pertenecían y obligada -en contra de mi voluntad de pegarme al cajón- a mantenerme alejada de los concurrentes.

Los Arozarena también mantuvieron sus distancias, según me enteré más tarde, cosa de no contaminarse con tanto idealismo a la violeta, con tanto ácrata y ateo de mente confundida. El pobre Avelino, se preguntaban, ese infeliz que nunca salió de la biblioteca en que trabajaba, ¿qué podía saber del mundo y de la vida, de la política y las grandes ideas? Prueba suficiente era que moría cubierto de deudas, dejando sólo ropa agujereada, dos libros publicados por el Partido en tiradas de cien ejemplares y una mocosa puro-ojo-pura-boca a medio criar.

Don Ataliva, padre de familia y líder político de media provincia de Buenos Aires, hizo, entonces, lo debido: pagó las deudas, tiró la ropa, recogió ala huérfana.

Me mandaron llamar a eso de las diez de la noche. Alguien me emprolijó con apresuramiento y plantó un moño entre mis rulos cobrizos. Después fui empujada dentro de una habitación en penumbras.

-Esta es Pilarita.

Desde sus violáceas cavernas febriles, los ojos de tía Celia Vicenta me observaron sin piedad.

-Acercate -me dijo.

Caminé hacia ellos, como hipnotizada. Don Ataliva me contempló con poco interés. Con un gesto del dedo me indicó que girara en torno a mí misma para poder verme de perfil y luego de espaldas.

-Está muy flaca -reflexionó, como si estuviera tasando una vaquillona, al cabo de un silencio ominoso -Parece de doce años, no de dieciseis.

Tía Celia asintió, recorriéndome con sus ojos negros de trágica expresión. El Tigre (apodo heroico que siempre sospeché se había adjudicado él mismo) se tocó la cicatriz mientras hablaba pausadamente.

-Decidite, Celia. ¿Qué querés hacer? ¿Se la mandamos a las monjas o la recogés para que te haga compañía?

A la trémula luz de la única bombita, el rostro cerúleo de mi tía lució casi idéntico al de su hermano muerto.

-La llevo a casa -dijo- Vivo rodeada de varones.

 

 
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